Julián Conrado: «La paz llegará a Colombia cuando haya igualdad»

Diario: ¿Qué Pasa? / Por: Juan Carlos Guillén

Todos los análisis apuntan a que, luego de la caída de «Alfonso Cano», los caminos de la paz en la agobiada Nueva Granada, sucumbieron al grito de los cañones. Pero hay quienes —imprescindibles— al decir de Bertolt Brech han jugado toda la vida por la consecución de lo que a veces lejano, otras cerca, cerquita, llamamos paz.

 

En esos andares encontramos a uno, militante en el canto necesario y que sin metáforas, tiene por fusil una guitarra y el comando de un ejército de trovadores y creadores, trashumantes todos en guerras por igualdades rubricadas siempre, con la tinta de la solidaridad.

Desde El Calvario

Después de su detención, el 21 de marzo de 2011, fue trasladado a Caracas bajo fuerte custodia de organismos de inteligencia venezolanos y colombianos que en voz de sus agentes, no dejarían de preguntarle durante los cincuenta minutos que duró ese vuelo ruta Guanare-Caracas, cuál era su verdadero nombre.

 

Solo cuando aterrizó la aeronave en la cuna del Libertador, cuando las ráfagas del interrogatorio habían cesado, conformes los pesquisas en que una vez instalados en el comando central despejarían las dudas sobre la identidad del custodiado, el hombre soltó la respuesta en el momento menos esperado: «oiga man»; en realidad yo soy el que usted busca y por quien tanto andaba preguntando. Yo soy «Julián Conrado».

 

Estrictamente, no es comandante, pues no tiene tropa ni comando, su servicio se extralimita en darle color y calor humano a las vivencias del campesino que por fuerza de la violencia ha sido empujado a una vida de guerras. Esos son los relatos de Julián, el guerrillero del canto.

– ¿Conrado, han caído «Raúl Reyes», el «Mono Jojoy», «Alfonso Cano»; «Marulanda» fue sembrado en algún lugar de la selva colombiana, qué le toca a «Julián Conrado»? – A «Julián Conrado» le toca seguir resistiendo rodilla en tierra, eso sí acompañando al oprimido con la guitarra, siempre lista para llevar nuestro mensaje de amor y de paz. El mismo que canto Alí y le digo hermano, pese a que las circunstancias tienen mi cuerpo preso, el hecho de estar en la Patria del padre Bolívar, en la Patria del padre cantor, Alí Primera, hacen soportable este encierro que te repito, no es del alma, es del cuerpo. Y allí es donde el canto de Alí toma vigencia y reafirma nuestras creencias de que estamos donde la lucha nos lo exige, con la presencia de una guitarra, aliviando las angustias de mi gente que en Colombia, sigue luchando por una verdadera igualdad.

– ¿Qué hace falta para que llegue la paz a Colombia? – Que se acaben de una vez por todas las desigualdades de mi país. La violencia tiene su origen en las desigualdades sociales. Durante décadas de guerras, el pobre ha llevado la parte más pesada de tan dura carga, por razones históricas. La oligarquía colombiana piensa más por el capital que por el hombre y eso, a eso, le han sacado el jugo los gringos con sus empresas que tiene de fachada a unos tipos en el Pentágono. – ¿Paz? Se escucha la reflexión en el carraspeo de la señal que parecía irse y perderse en un instante. – ¿Poeta me escucha?

– Sí, «la paz —prosigue— llegará después de la guerra porque esta última no es producto de una casualidad. Hay guerra en Colombia porque los grupos de poder en mi país quisieron y quieren perpetuar los desequilibrios sociales que hacen que sean ellos en la corrupción y el deshonor, los que gocen del producto del trabajo de todo un colectivo que es la nación.

 

Yo tengo el deber de denunciar con mi canto, como nos lo dijo Alí, vuestro Alí, que la palabra que se calla quema. Yo canto a los cuatro vientos ese mensaje de paz en la crítica de las responsabilidades que cada uno de nosotros tenemos en este hermoso proceso continental y bolivariano de la cual somos testigos los latinoamericanos».

 

Corrían las horas de la anfictiónica Celac, que seguiría sus deliberaciones con un Rafael Correa desafiando a veteranos como Raúl Castro y hasta al mismísimo Hugo Chávez, hasta que llega el reclamo sosegado, pero contundente del viejo montonero uruguayo, Pepe Mujica,. Decía que estaba prohibido olvidar, pero que también debíamos avanzar.

 

Al preguntarle por la Celac, Conrado soltó un largo suspiro y dijo: «Se cumplió el sueño del Libertador, ahora hay que vivirlo, amarlo, cuidarlo».

 

En el parque Los Caobos de Caracas la noche fría hacía rato que había tomado posesión de los espacios, la bullaranga de los grupos musicales festejando la visita de los hermanos del continente —sin capinos de por medio— sonaba contagiosa. Colgado el teléfono, dejé colar en voz alta las palabras de despedida de «Julián Conrado»: «Colombia hermanito, es alma y corazón».

Anuncios
Etiquetado , ,
A %d blogueros les gusta esto: