Yo me quedo con Julián Conrado

 

El día que atraparon a Julián Conrado en los campos de Barinas, y lo desaparecieron por un tiempo en una celda caraqueña, se manifestó un síntoma en el cuerpo político y moral de la revolución bolivariana. Como todo síntoma indica una enfermedad.

No se trata de un error técnico. Es mucho más que eso. Es una de las expresiones de un pacto de Estados, el de Santa Marta.

Siendo necesario y correcto para muchos temas (por ejemplo, frenar al ala guerrerista del uribismo en el poder), fue distorsionado al incluir en las tratativas, el canje de prisioneros, como si estos tuvieran el mismo valor social y moral.

El gobierno venezolano se equivocó al ceder en una negociaciòn, en un tema innegociable en la conducta y filosofía de cualquier gobernante que invoque palabras como “revolución”, “anti imperialismo” o “socialismo”, menos si se trata de uno sostenido en principios del cristianismo popular.

Toda negociaciòn implica concesiones, si no, lo mejor es no sentarse a hacerlo. Cualquier sindicalista aprendió esto en la lucha sindical. Es parte de las determinaciones de una relación de fuerza en un ambiente adverso.

Pero nunca nadie en ningún lugar, se atrevió a afirmar que una concesión no tiene límites morales y políticos. En ese punto, exactamente en ese nudo, yace la diferencia entre quienes se conducen con principios universales nobles y quienes no han aprendido ese secreto de la historia de la luchas sociales. O quienes lo niegan en nombre del pragmatismo.

La historia de la diplomacia, una de las expresiones distorsionadas de la lucha de clases histórica, está llena de lecciones al respecto.

Esta lógica es la que convierte a un luchador honesto y permanente por un mundo mejor, como Julián, en un preso innecesario. Este caràcter le confiere el carácter de injusto, indigno y violento, además de torpe, a su encarcelamiento. Los métodos cuartorepublicanos usados, solo hablan de la inevitabilidad de ellos cuando se actúa con la lógica del enemigo y como solía decir W. I. Lenin del genial y frágil N. Bujarín, “El camarada vuelve de las negociaciones de paz, cargado con pedazos de los argumentos de los enemigos”.

En este caso, ocurrió algo similar. El Estado venezolano, en una negociación necesaria, cedió en un aspecto clave, de principios, y convirtió en piezas de cambio a perseguidos políticos de gobiernos enemigos mortales del gobierno bolivariano. Si alguien, dentro y fuera del gobierno, quiere disipar esta duda, que mire la agenda de la próxima Cumbre de Cali donde fundarán la nueva Alianza del Pacífico, con patrocinio del régimen de Manuel Santos.

Es un error diplomático que nos saldrá caro en varias dimensiones, cada una relacionada con la otra. Como le salió caro al Partido Comunista Argentino, y a su patrocinador, el régimen de la URSS, haber cambiado trigo argentino en 1976 (para el indispensable pan de los soviéticos), por un apoyo a la dictadura de Videla, que costó muertos del PCA y de quienes se parecieran a ellos. Una locura pragmatista similar hizo el gobierno de Mao Tsé-tung con el siniestro gobierno del General Pinochet.

Yo no necesito acordar con la política táctica y el método de lucha, alentados por el camarada Julián, pare defender sus derechos en nombre del mismo principio. De hecho, adverso lo que hace su organización en las negociaciones de paz en La Habana, y buena parte de su estrategia auto-desgastante en las selvas colombianas desde hace algunos años. Sus derechos, y los principios que lo sostienen, no están condicionados por ese debate.

Si la “revolución bolivariana” quiere superar, como se lo ha propuesto en sana y valiente idea del Comandante ido, las perversiones de los fallidos experimentos “socialistas” del siglo XX, deberá comenzar por el punto cero de la política entre revolucionarios: nunca se negocian los principios. Lo demás pertenece a la cambiante relación de fuerzas. Como en un sindicado o un gremio cualquiera.

Lo más grave. El gobierno bolivariano tenía a su favor, un caudal de lecciones e ideas acumuladas en más de 100 años de experiencias revolucionarias, para negociar con Santos (y hasta con el diablo mismo, si este gobernara), sin ceder “ni un tantico así”, en uno de los principios más sagrados en la vida militante. La seguridad de quien entrega su vida, como lo hacemos quienes lo hacemos, por un mundo que supere a esta porquería.

O desconocen esas lecciones, o hubo quieren las desmerecen en nombre de la real-politik del contubernio.

Ahora es el tiempo de la oportunidad. El gobierno, nuestro gobierno, tiene en sus manos la ocasión merecida por el tiempo, de enmendar un error de monta y superar el trance más feo de su conducta diplomática.

No cuesta nada, o muy poco. Colombia no va a hacernos la guerra, si Julián recupera su libertad. En cambio, sus gobiernos proyanquis se fortalecen con estas concesiones, y eso, junto con otras fragilidades en la economía y la política, si pueden cambiar las cosas a su favor. Con guerra o no, ellos avanzan sobre nuestro retroceso.

En esa dialéctica, solo perderemos nosotros y el pueblo colombiano, aunque Julián siga preso. Esa es la medida del desacierto.

La nobleza y convicciones recias del camarada Julián Conrado, no lo han conducido a la confusión ideológica ni a la quebradura moral, comprensibles en estos casos humanos. Ni se aleja, ni reniega de los gigantescos avances de la revolución bolivariana, comenzando por su gobierno de izquierda independiente de la burguesía. Lo que llamamos revolución bolivariana es una conquista latinoamericana que vale más que sus falencias, contradicciones y debilidades.

La cárcel innecesaria de Julián es una de ellas. Recuperemos el principio. Reivindiquemos la memoria noble de Hugo Chávez cuando dijo “Entre un principio y cien amigos, me quedo con el principio”.

Yo me quedo con Julián, mientras esté preso.

 

Modesto Emilio Guerrero.

Autor de 12 Dilemas de la Revolución Bolivariana (Caracas 2009) y Chávez, el Hombre que desafió a la historia (Buenos Aires, 2013)

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